Cuidar del otro cuando está enfermo, acoger al huésped en casa, dar de comer al que tiene hambre, consolar al que sufre, perdonar cuando nos hieren o corregir al que se equivoca, son obras de misericordia que hacemos a diario en la vida familiar.

En este tiempo de gracias especiales, la familia no solo está llamada a ser hogar y escuela de misericordia, sino también a redescubrirse a sí misma como expresión de la misericordia. Y es que la misericordia de Dios no tiene un reflejo más perfecto en la Tierra que la propia familia.

El Papa Francisco lo expresa muy bien en la bula de convocatoria del Ju­bileo Extraordinario, Misericordiae vultus: “La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo […]”.

Así es el amor familiar: mientras que en la sociedad a veces se rechaza a las personas por incapaces, o porque no hacen bien su trabajo, o si cometen un error, “en la familia no se descalifica al hijo, ni al marido, ni a la esposa. Se acepta a cada uno tal como es”.

Para comprender la misericordia divina hay que comenzar por entender la familia.

Dar y recibir perdón es la expresión máxima de la misericordia del Padre.

“El rencor es un veneno que va circulando por nuestras venas y nos corroe. Por el contrario, el perdón es la virtud que predispone a vivir la misericordia al estilo de Dios”.